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Una noche de la pasada primavera neoyorquina, éramos
multitud quienes intentábamos conseguir una entrada al
Carnegie Hall. Pretendíamos participar del concierto que el
famoso pianista Maurizio Pollini daría en conmemoración del
bicentenario del nacimiento de Chopin. Una empresa casi
utópica, dado el interés despertado por la función. Como, a
veces, la suerte me acompaña, terminé sentado en el
escenario del teatro, en una de esas decenas de sillas que
se ubican allí a último momento, en el amplio espacio que
rodea al solitario instrumentista.
Desde ese lugar tenía una visión privilegiada del pianista y
de todo el imponente auditorio, erguido como distante y
humano telón de fondo. Mientras los estudios, las mazurcas y
los nocturnos de Chopin conquistaban el vacío, la
contemplación total de la sala oscurecida que enfrentaba me
permitía ver surgir y desaparecer curiosos puntos luminosos.
Eran los rostros lejanos de muchos espectadores, iluminados
por el inconfundible resplandor de las pantallas de los
dispositivos electrónicos, mudos pero siempre activos, que
se encendían y apagaban por doquier en la enorme sala.
Es decir que, mientras Pollini se esforzaba por revivir a
Chopin, no pocos espectadores estaban en otra parte,
atendían otros intereses, eran requeridos por urgencias
aparentemente impostergables. Fui testigo de una metáfora de
nuestra época, en la que todos deseamos estar en un lugar
distinto del que ocupa nuestro cuerpo. Buscamos fugarnos
hacia otros espacios para satisfacer a nuestra frágil
atención, que demanda constantes estímulos y sorpresas. No
es ésta una experiencia original, pues basta con observar a
las señoras que cruzan la calle, a veces con niños,
totalmente abstraídas en una conversación telefónica, o
comprobar en bares y restaurantes que los tres o cuatro
señores que comparten la mesa no dialogan entre ellos porque
todos mantienen conversaciones con interlocutores ausentes o
contemplan abstraídos sus pantallas en busca del último
mensaje, de la más reciente información. Como puede
atestiguarlo quien escuche involuntariamente esas
conversaciones de otros, el intercambio no parecería ser
especialmente trascendente.
¿Qué cosas tan importantes tendremos que decirnos con tanta
urgencia? ¿Qué intuimos que sucede en el mundo y que
cambiará de manera radical e instantánea nuestra vida? Más
aún, ¿qué ideas geniales habrán quedado sin poder ser
expresadas por los seres humanos del pasado al no haber
podido conectarse con la urgencia con la que hoy lo hacemos?
El vivir en un estado de permanente distracción nos está
haciendo perder nuestra capacidad de fijar la atención en
algo durante cierto tiempo. Parecería que si interrumpimos
ese contacto permanente con lo externo quedaremos
desamparados y ya nunca más comprenderemos lo que sucede a
nuestro alrededor. Como mostraban los espectadores del
concierto, el llamado del mundo exterior ni siquiera se
apiada de nosotros cuando, ilusos, creemos posible dedicar
nuestro tiempo a escuchar concentrados una música que apela
a lo profundo de nuestra humanidad.
La escritora mexicana María Teresa Priego señala que, si
bien hoy gozamos del privilegio de estar abiertos a la
vastedad del mundo, pagamos el precio de la invasión de
nuestra vida, el resquebrajamiento de nuestra convivencia.
Vivimos en una suerte de espacio intermedio entre la
intimidad y los continuos llamados del más allá. Fugados
hacia otros espacios, somos ajenos a los interlocutores que
están de cuerpo presente, allí, frente a nosotros. Estas
convivencias superpuestas -dice- amenazan nuestros hábitos
de reflexión silenciosa, nos van privando del antiguo
privilegio de conversar cara a cara. También, de la
posibilidad de concentrar nuestra atención en experiencias
vitales efímeras e irrepetibles de las que, si bien
participamos, estamos ausentes, como la de escuchar a
Maurizio Pollini interpretando magistralmente a Chopin.
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El autor es educador y ensayista
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