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Por Gustavo F. Iaies
Para LA NACION
Los resultados de la prueba
PISA, nos dan la idea que tocamos fondo. Nos gastamos "las
joyas de la abuela", es decir, la exigente e igualadora
escuela pública argentina.
Los datos muestran dos elementos muy preocupantes. El
rendimiento es pobre (sólo Brasil y Colombia en matemática
han quedado debajo nuestro entre los países de la región).
Y, además de los malos resultados, tenemos la mayor
diferencia entre los mejores y los peores logros de nuestros
alumnos. Eso se llama inequidad.
¿Cuándo ocurrió esto? Pareciera que llevamos algún tiempo,
que tuvimos señales, y hasta ahora hemos demostrado una muy
baja capacidad de reacción como sociedad.
Nuestro sistema fue muy exitoso en sus orígenes, escolarizó
a millones de argentinos, los formó para ser ciudadanos, les
dio unos saberes básicos, que les permitieron integrarse a
la sociedad y al mercado de trabajo. Pero ese modelo, que
fue muy exitoso para integrar y para socializar, hoy ya no
lo es para mejorar aprendizajes y aumentar los niveles de
equidad.
Tenemos un sistema educativo que no reconoce esfuerzo ni
logro alguno. Nos quedamos sin "cuadro de honor" para los
buenos alumnos, maestros, directores, supervisores, padres.
Todo parece igualado, estandarizado, somos iguales más allá
de los esfuerzos que hagamos o de los resultados que
obtengamos, lo mismo un burro que un gran profesor, como
dice el tango. Nadie resulta sancionado en la escuela
argentina, salvo los chicos y su futuro. Nadie resulta
premiado tampoco y ese es un mensaje muy poco motivador.
De todos modos, los recursos humanos argentinos todavía
muestran fortalezas. Seguimos siendo el país con más
librerías y periódicos por habitante en la región, con mayor
oferta de teatro y de música, entre otros consumos
culturales. Pero eso no se distribuye de un modo equitativo,
el mercado lo lleva a sus consumidores, y entre consumidores
y ciudadanos hay diferencias notables.
¿Son los noventa? ¿Es el neoliberalismo? ¿Es la TV? . somos
nosotros. Y mejor que seamos nosotros, porque si no somos
parte del problema, no podemos serlo de la solución.
Los padres deberán exigir, contener, respaldar y apoyar a
sus hijos y a sus maestros y directores. Los docentes,
esforzarse, capacitarse, asistir a la escuela, contener e
integrar a los alumnos y enseñarles... mucho. Los
funcionarios, terminar de hacer discursos políticamente
correctos y animarse a enfrentar los problemas. Los
comunicadores dedicarse un poco más a los buenos casos que a
las denuncias. Y los chicos tienen que estudiar, esforzarse
y aprender.
Y los que lo hacen bien deben ser reconocidos. No son
iguales los maestros que se esfuerzan que los "campeones del
ausentismo", ni los padres que dedican tiempo a mirar los
cuadernos y a conversar con sus hijos que los que no lo
hacen, ni los funcionarios que enfrentan los problemas que
aquellos que hacen discursos.
El autor es director de la Fundación Centro de Estudios en
Políticas Públicas (CEPP).
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