Lunes 17 de marzo de 2008
 Más días de clase, mayor calidad de educación
 

Por Daniel Santa Cruz
Para LA NACION

De acuerdo a un informe realizado por la Red de Periodistas y Editores Especializados en Educación de Latinoamérica, que coordina la Fundación Centro de Estudios en Políticas Públicas (CEPP), la Argentina, con 180 días de clase, tiene uno de los calendarios escolares más reducidos de la región.

Costa Rica, en cambio, con 205 días de clase programados, lidera un grupo de países, compuesto por México, Chile, El Salvador y Ecuador, que se proponen alcanzar los 190 o 200 días como máximo. Todos éstos tienen jornadas de cuatro a cinco horas diarias de clase, frente a las seis a siete horas promedio en países europeos y desarrollados de Asia que, inclusive, en niveles superiores de la educación básica llegan a garantizar hasta nueve horas la jornada.

Distintos especialistas han objetado que el aumento de la carga horaria garantice un mejor rendimiento en los procesos de educación, pero si tomamos como referencia los resultados de las pruebas de evaluación PISA ( Programme for International Student Assessment , a cargo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) en 2003 y en 2005, vemos que los seis países con mejores puntajes promedio corresponden a los que tienen mayor cantidad de días y horas. Es el caso de Japón, Nueva Zelanda, Corea, Canadá, Australia e Irlanda.

En América del Sur, Chile ha logrado en los últimos años ciclos escolares con un promedio de 190 días efectivos de clase y también es, en las pruebas internacionales de evaluación mencionadas, el país que mayores avances ha obtenido en la región.

Además de analizar el cronograma de cada país y los resultados obtenidos, se han evaluado los factores -principalmente conflictos gremiales, problemas de infraestructura, problemas climáticos, jornadas especiales y otros- que interrumpen el ciclo lectivo y las dificultades que encuentran los gobiernos para recuperar los días perdidos.

Estos problemas nos invitan a observar a los países que, con un calendario pautado en 200 días de clases, cuentan con un excedente de 15 o 20 días en comparación, por ejemplo, a nuestro país. Esto les brinda la posibilidad de que, aun perdiendo días, su promedio se encuentre más cerca de los 180 o 190 días que de los 160 que caracteriza a muchas de nuestras provincias, donde los días perdidos no se recuperan, en la mayoría de los casos.

Costa Rica, que comienza su ciclo lectivo, pautado en 205 días, a principios de febrero, y lo culmina el 20 de diciembre, es un modelo que nos ofrece la posibilidad de analizar una organización distinta del calendario escolar.

En general, los ciclos lectivos marcan su receso intermedio de dos semanas durante el invierno, formato en el que se encuentra nuestro país desde mediados del siglo pasado. Si evaluamos la posibilidad de adelantar el inicio del ciclo lectivo la tercera semana de febrero y culminarlo la tercera de diciembre, esto nos permitiría no sólo garantizar a todos los alumnos del país que se dicten los 180 días de clases mínimos estipulados en la ley 25.864, acercándonos a los 200 días hábiles, sino también intercalar breves recesos: tres de una semana en distintas instancias del año escolar -otoño, invierno y primavera- en lugar de uno de dos semanas al promediar el año.

Estos intervalos pueden resultar atractivos y necesarios para docentes y alumnos, sobre todo, en la última parte del año, en que el desgaste que produce el dictado de clases comienza a mostrar secuelas en el rendimiento tanto de unos como de otros.

La medida, seguramente, generará polémica por parte de algunos sectores, especialmente de aquellos ligados al turismo, pero no debería ser problemático para los docentes comenzar las clases en febrero, ya que en esa época del año se encuentran ya prestando servicio en sus escuelas.

Siendo la escuela organizadora de la agenda familiar, no será sencillo modificar una costumbre tan arraigada en nosotros, pero también sabemos que si nuestros niños y jóvenes asisten más días a la escuela sus posibilidades de mejorar y enriquecer sus aprendizajes siempre serán mayores.

El derecho a recibir una educación de calidad que tienen más de diez millones de alumnos merece, por lo menos, que la sociedad debata al respecto.

El autor es coordinador de la Red de Editores y Periodistas Especializados en Educación de Latinoamérica. Fundación CEPP

  

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