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Por Daniel Santa Cruz
Para LA NACION
De acuerdo a un informe
realizado por la Red de Periodistas y Editores
Especializados en Educación de Latinoamérica, que coordina
la Fundación Centro de Estudios en Políticas Públicas (CEPP),
la Argentina, con 180 días de clase, tiene uno de los
calendarios escolares más reducidos de la región.
Costa Rica, en cambio, con 205 días de clase programados,
lidera un grupo de países, compuesto por México, Chile, El
Salvador y Ecuador, que se proponen alcanzar los 190 o 200
días como máximo. Todos éstos tienen jornadas de cuatro a
cinco horas diarias de clase, frente a las seis a siete
horas promedio en países europeos y desarrollados de Asia
que, inclusive, en niveles superiores de la educación básica
llegan a garantizar hasta nueve horas la jornada.
Distintos especialistas han objetado que el aumento de la
carga horaria garantice un mejor rendimiento en los procesos
de educación, pero si tomamos como referencia los resultados
de las pruebas de evaluación PISA ( Programme for
International Student Assessment , a cargo de la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico)
en 2003 y en 2005, vemos que los seis países con mejores
puntajes promedio corresponden a los que tienen mayor
cantidad de días y horas. Es el caso de Japón, Nueva
Zelanda, Corea, Canadá, Australia e Irlanda.
En América del Sur, Chile ha logrado en los últimos años
ciclos escolares con un promedio de 190 días efectivos de
clase y también es, en las pruebas internacionales de
evaluación mencionadas, el país que mayores avances ha
obtenido en la región.
Además de analizar el cronograma de cada país y los
resultados obtenidos, se han evaluado los factores
-principalmente conflictos gremiales, problemas de
infraestructura, problemas climáticos, jornadas especiales y
otros- que interrumpen el ciclo lectivo y las dificultades
que encuentran los gobiernos para recuperar los días
perdidos.
Estos problemas nos invitan a observar a los países que, con
un calendario pautado en 200 días de clases, cuentan con un
excedente de 15 o 20 días en comparación, por ejemplo, a
nuestro país. Esto les brinda la posibilidad de que, aun
perdiendo días, su promedio se encuentre más cerca de los
180 o 190 días que de los 160 que caracteriza a muchas de
nuestras provincias, donde los días perdidos no se
recuperan, en la mayoría de los casos.
Costa Rica, que comienza su ciclo lectivo, pautado en 205
días, a principios de febrero, y lo culmina el 20 de
diciembre, es un modelo que nos ofrece la posibilidad de
analizar una organización distinta del calendario escolar.
En general, los ciclos lectivos marcan su receso intermedio
de dos semanas durante el invierno, formato en el que se
encuentra nuestro país desde mediados del siglo pasado. Si
evaluamos la posibilidad de adelantar el inicio del ciclo
lectivo la tercera semana de febrero y culminarlo la tercera
de diciembre, esto nos permitiría no sólo garantizar a todos
los alumnos del país que se dicten los 180 días de clases
mínimos estipulados en la ley 25.864, acercándonos a los 200
días hábiles, sino también intercalar breves recesos: tres
de una semana en distintas instancias del año escolar
-otoño, invierno y primavera- en lugar de uno de dos semanas
al promediar el año.
Estos intervalos pueden resultar atractivos y necesarios
para docentes y alumnos, sobre todo, en la última parte del
año, en que el desgaste que produce el dictado de clases
comienza a mostrar secuelas en el rendimiento tanto de unos
como de otros.
La medida, seguramente, generará polémica por parte de
algunos sectores, especialmente de aquellos ligados al
turismo, pero no debería ser problemático para los docentes
comenzar las clases en febrero, ya que en esa época del año
se encuentran ya prestando servicio en sus escuelas.
Siendo la escuela organizadora de la agenda familiar, no
será sencillo modificar una costumbre tan arraigada en
nosotros, pero también sabemos que si nuestros niños y
jóvenes asisten más días a la escuela sus posibilidades de
mejorar y enriquecer sus aprendizajes siempre serán mayores.
El derecho a recibir una educación de calidad que tienen más
de diez millones de alumnos merece, por lo menos, que la
sociedad debata al respecto.
El autor es coordinador de la Red de Editores y
Periodistas Especializados en Educación de Latinoamérica.
Fundación CEPP
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