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Nada como la historia para mirar el presente, dice la
historiadora de la educación Silvia Finocchio. Y cuando se
mira atrás, agrega, se ve que desde hace por lo menos 50
años se viene hablando de la crisis educativa como si fuera
algo terminal. "Existen, por cierto, problemas, pero más que
hablar de fracaso podríamos hablar del éxito escolar, ya que
muchas personas que antes no tenían acceso a la escuela, lo
tienen a partir de las últimas décadas", sostiene.
Silvia Finocchio eligió una original vía de acceso al pasado
de la educación argentina: las revistas educativas. Y
descubrió un universo de publicaciones estatales, gremiales,
académicas y comerciales que retratan los cambios y
tensiones en la educación argentina desde mediados del siglo
XIX hasta nuestros días.
Sus hallazgos acaban de publicarse en el libro La escuela en
la historia argentina (Edhasa). Doctora en Ciencias Sociales
e historiadora, investigadora del área de Educación de
Flacso, Finocchio rechaza el discurso de la catástrofe
escolar, hoy tan arraigado, y prefiere ampliar la mirada:
"El problema con la educación es que no estamos de acuerdo
en qué queremos para la escuela, porque no nos podemos
imaginar un futuro colectivo".
-¿Qué revelan las revistas educativas sobre la educación
argentina?
-Pensamos que en educación todo lo hicieron el Estado y el
normalismo, pero cuando se entra en el mundo de las
revistas, eso se pone en duda. Hay posiciones distintas,
desde las décadas de 1910 y 1920, por parte de los sectores
católicos, de los anarquistas, de los propios docentes y de
algunas universidades. Las revistas desmitifican la idea de
que todo lo hizo una generación y que después lo único que
hubo fue decadencia. Hubo cambios y movimientos, búsquedas y
ensayos.
-En ese sentido, parece que esta idea de crisis de la
educación tiene una historia larga.
-La educación siempre es cambio y movimiento. Pero el
discurso sobre la crisis educativa aparece ya hace 50 años,
en las publicaciones oficiales, de los gremios y
asociaciones docentes, y de las universidades. Y
generalmente bajo una lectura de deterioro. Hubo mucha
crítica al acartonamiento, al exceso de protagonismo de los
docentes, al enciclopedismo. El discurso acerca de la crisis
de la educación está muy instalado en el mundo educativo.
-¿Qué tiene de particular ese discurso hoy?
-Una connotación asociada con la catástrofe, el derrumbe
social, la idea de haber tocado fondo. Y la verdad es que
son lecturas bastante pobres de la escuela. Lo que ocurre en
la escuela no se sabe y no ha sido estudiado. Tenemos
miradas muy prejuiciosas y estereotipadas sobre lo que
acontece en la escuela. Por supuesto, hay experiencias a
veces duras y traumáticas, pero construir toda una teoría
sobre la base de esas imágenes es empobrecedor. Más que
hablar de fracaso, podemos hablar de éxito escolar. Mujeres,
clases sociales y grupos étnicos que antes no accedían a la
escuela ahora lo hacen. Si nos comparamos con otros países,
podemos decir que tenemos problemas, pero todo depende de
qué es lo que se mire.
-Según usted, ¿dónde tiene su raíz la crisis de la
educación?
-En que no estamos de acuerdo en qué queremos para la
escuela, porque no nos podemos imaginar un futuro colectivo.
No nos podemos poner de acuerdo en cuánto de cambio y cuánto
de conservación tiene que haber en la escuela. Hay que
discutir el papel de diferentes actores. Por ejemplo, de los
medios de comunicación, a la hora de formar una impresión
pública catastrófica sobre la educación, que termina
desmotivando a los docentes. También hay que pensar en el
papel de los sindicatos, que no tienen ya una utopía
alrededor de la educación, o en el de la propia
investigación, que está muy fragmentada y especializada.
Otro actor son los organismos internacionales: terminan
construyéndose discursos muy anodinos y abstractos, que no
molestan a nadie, pero que tampoco convencen a nadie.
-¿Nos cuesta pensar futuros también fuera de lo
educativo?
-Sí, porque estamos en un contexto de transición y
revolución cultural que frente a la incertidumbre vuelve a
la escuela de un modo no apropiado. El discurso sobre la
crisis de la educación llegó a un límite y produce efectos
en los propios docentes y estudiantes.
-¿Por ejemplo?
-Alumnos que se convencen a sí mismos de que no son
lectores, cuando leen, y leen mucho. Estudiantes
universitarios convencidos de que no saben leer y escribir,
cuando están terminando carreras que supusieron la práctica
de la lectura y la escritura. Los efectos en los docentes
son muy graves, porque instalan un clima de resignación en
la escuela, de victimización, y una proliferación de la
cultura compasional, terapéutica, donde lo que predomina es
el malestar.
-¿Cómo conviven las ideas de que hay una catástrofe
educativa y de que la educación es lo único que nos puede
salvar?
-Hay un discurso de la epopeya educativa, defendido, en
general, por los que más se beneficiaron con ella. Pero no
se beneficiaron todos. Esta epopeya patriótica elude decir
que la educación supuso siempre batalla, confrontación,
debate. No quiero pensar en lo que era la educación en la
segunda mitad del siglo XIX. Había que convencer a la
opinión pública del valor de la educación. Sarmiento lo tuvo
muy claro y bregó por la formación de esa opinión pública
favorable. Eso nos diferencia. En otros países de América
latina hoy el Estado sigue haciendo difusión para que los
padres manden a los chicos a la escuela. Para nosotros, eso
ya es una conquista. Conocemos la importancia de la
educación: eso está incorporado a nuestra cultura.
Raquel San
Martín
LA NACIÓN
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