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El
panorama de nuestra educación no es alentador. Son numerosas
las evidencias que indican deficiente calidad y una
creciente desigualdad social en el acceso a buenas escuelas.
Se posterga a los sectores humildes, perpetuando así la
reproducción intergeneracional de la pobreza. Si se les
niega a los pobres el acceso a una enseñanza de calidad, se
destruye la única posibilidad honesta para la movilidad
social ascendente, que fue, a partir de la ley 1420, la
principal diferencia con la mayoría de las naciones de
América latina. La alfabetización universal fue una
formidable transformación que permitió que, cuando se
celebró el primer centenario, en 1910, nuestra Nación fuera
vista por el resto del mundo como una gran esperanza
emergente.
Consideremos tres evidencias acerca de la situación de
nuestra educación. En 2006, se realizó la prueba
internacional PISA, en la cual participaron 400.000 alumnos
de 15 años. En la prueba de matemática, se examinaron 56
países y nuestros alumnos se ubicaron en el lugar 53, y
superaron únicamente a Azerbaiján, a Qatar y a Kirguizistán,
y detrás de todos los latinoamericanos evaluados: Chile,
Uruguay, México, Brasil y Colombia. El panorama fue similar
en ciencias y en lectura. En estas áreas, el puntaje de
nuestros alumnos fue un 20 por ciento inferior al promedio.
Estos resultados son peores que los obtenidos en la anterior
prueba, en 2000. Es muy grave que la Argentina sea el país
que más retrocedió entre 2000 y 2006; destaquemos que Chile
fue el que más progresó.
El año pasado, se publicaron los resultados de las pruebas
en las que participaron 200.000 alumnos de escuela primaria
de 16 países de América latina. En matemática (alumnos de
tercer grado), figuramos en el séptimo lugar, mientras que
en lengua (sexto grado) figuramos octavos, detrás de Cuba,
Costa Rica, Chile, Uruguay, México, Brasil y Colombia. Hace
diez años, en este mismo tipo de pruebas éramos segundos,
detrás únicamente de Cuba. En este informe preparado por la
ONU se consigna que, en cuanto al equipamiento de escuelas
con computadoras, ocupamos el puesto 13 entre las 16
naciones consideradas.
Finalmente, los resultados del Operativo Nacional de
Evaluación (2005) difundidos por el Ministerio de Educación
evidencian no sólo la deficiente preparación de nuestros
alumnos, sino también las grandes diferencias entre escuelas
privadas y estatales y entre las provincias, que están
fuertemente determinadas por el nivel socioeconómico de la
población. Entre los alumnos que concluyen el ciclo
secundario en escuelas estatales de Formosa, en la prueba de
matemática el 85 por ciento tiene resultados bajos, mientras
que encontramos en esta categoría apenas al 17 por ciento de
los egresados de escuelas privadas de Río Negro. Algo
similar ocurre con los alumnos de 6° grado de primaria, ya
que mientras el 60 por ciento de los alumnos de escuelas
estatales del Chaco tienen resultados bajos en matemática,
apenas entran en esta categoría el 5,7% por ciento de los
alumnos de escuelas privadas de la ciudad de Buenos Aires.
A través de esta misma evaluación se ve que en el cuartil de
alumnos más pobres, en todo el país, el 54 por ciento tiene
resultados bajos, mientras que en el cuartil de los más
ricos esta cifra se reduce al 24 por ciento. Además,
alrededor del 75 por ciento de los alumnos del cuartil
inferior no concluye la escuela secundaria, valor que se
reduce al 20 por ciento en el nivel superior. Es grave
perpetuar estas grandes diferencias socioeconómicas, que
consolidan la exclusión.
Llama la atención el disímil comportamiento de Chile y de la
Argentina. Para entender esto, consideremos la duración del
año lectivo y la extensión de la jornada escolar. La ley
25.864 estableció en 2003 un ciclo escolar mínimo y
obligatorio de 180 días, con la obligatoriedad de compensar
los días perdidos de clase. Hasta hoy, nunca se cumplió con
esta obligación legal. En 2007, incumplieron la ley 19
provincias, a las que asiste el 90 por ciento de los 3,6
millones de matriculados en el ciclo primario estatal. En
Chaco, se perdieron entre 2004 y 2007 nada menos que 127
días de clase. Las cosas no mejoraron el año pasado, ya que
apenas dos provincias cumplieron la ley. Las familias
-víctimas pasivas de este incumplimiento, generado por
conflictos sindicales- optan por el costoso camino de
abandonar la escuela pública y elegir la educación privada.
Es así como en los últimos años 100.000 alumnos abandonaron
las escuelas estatales de la provincia de Buenos Aires y
optaron por escuelas privadas, que ya atienden a uno de cada
tres alumnos bonaerenses. Son muchas las familias de pocos
recursos que están haciendo grandes sacrificios, preocupadas
por el futuro de sus hijos.
Nuestra incumplida meta de 180 días no tiene nada de
ambiciosa, ya que el promedio en los países de la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico
es de 190 días. Corea obliga a 220 días anuales, y en
América latina se destaca Costa Rica, con 205; seguida por
Brasil, México, Perú, Bolivia y Ecuador, con 200; Chile, con
190, y Uruguay, con 185.
Pero la gran diferencia con Chile es la extensión de la
jornada escolar. Nuestra legislación fijó como meta para
2010 que el 30 por ciento de las escuelas tengan jornada
extendida o completa, pero este modesto objetivo está lejos
de cumplirse: en 2007, de los 3,6 millones de alumnos que
asistían a escuelas primarias estatales apenas el 5,4 por
ciento tenía doble escolaridad.
En el conurbano bonaerense, donde vive el mayor número de
pobres e indigentes del país, de cada cien alumnos menos de
dos asisten a escuelas estatales de doble escolaridad. Un
extremo es la Capital, donde 44 alumnos de cada cien tienen
doble escolaridad; el otro extremo es Santa Cruz, que tiene
27.000 alumnos en escuelas primarias estatales, de los que
sólo 73 hacen doble escolaridad.
Es en esto donde Chile es un ejemplo por tener en cuenta:
hace años que avanza con la jornada escolar extendida y que
asegura más de 1100 horas de clases anuales, para cumplir
con las recomendaciones de la Unesco. Si nosotros
cumpliéramos la meta de 180 días, tendríamos apenas 720
horas anuales de clase. La meta chilena es jornada escolar
extendida para todos el año próximo y, al revés que
nosotros, la cumplirán, porque ya están por encima del 90
por ciento, cuando a principios de la década tenían sólo el
60 por ciento. Esto significa que un niño chileno recibe
durante todo el ciclo primario horas adicionales que
equivalen a tres años más de clases que los que cumple un
argentino. Con estas diferencias, a nadie debe sorprenderle
que Chile avance, y nosotros retrocedamos en la arena
internacional educativa, donde se está jugando el futuro de
las naciones.
Una manera de celebrar el Bicentenario, en 2010, es
propiciar un compromiso de las fuerzas políticas y del
Gobierno por una nueva meta educativa, más ambiciosa, que
vaya más allá de este exiguo calendario escolar que posterga
a los más pobres. Esta política de Estado, cuya
instrumentación sería responsabilidad del presidente que
asuma en 2011, tiene que asegurar que hacia el Bicentenario
de nuestra independencia, en 2016, el año lectivo sea, en
serio, de 190 días, y que, además, la mitad de los alumnos
del nivel primario goce de los beneficios de una jornada
escolar extendida.
Dentro de esta meta tienen que estar incluidos todos los
niños pobres del país. Tenemos recursos para financiar esta
meta, ya que nuestro PBI por habitante no es inferior al
chileno. El desafío es diseñar una política fiscal
equitativa y tener un gasto público transparente para que la
Argentina vuelva a ser la patria latinoamericana de la
educación y de la igualdad de oportunidades.
El autor es director del Instituto Di Tella
Alieto
Aldo Guadagni
LA NACIÓN
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