09 Enero de 2005

 “Se cambió la cultura del esfuerzo por el sálvese quien pueda”

    Por Carlos Baudry


Mariano Narodowski, uno de los pedagogos mas prestigiosos de la Argentina, señala las falencias del sistema que fragmento la sociedad en estudiantes ricos, en escuelas privadas y estudiantes pobres –y fracasados– en las estatales. ¿Estudiar para cartonero? ¿Hay solucion? ¿Cual es? Esta es la primera nota de la serie.



Quién es Narodowski
“Se cambió la cultura del esfuerzo por el sálvese quien pueda”
 

Mariano Narodowski, uno de los pedagogos mas prestigiosos de la Argentina, señala las falencias del sistema que fragmento la sociedad en estudiantes ricos, en escuelas privadas y estudiantes pobres –y fracasados– en las estatales. ¿Estudiar para cartonero? ¿Hay solucion?
¿Cual es? Esta es la primera
nota de la serie.


Mariano Narodowski tiene 45 años, es argentino y fue maestro de escuelas públicas en zonas pobres. Es magíster en Ciencias Sociales y doctor en Educación. Fue investigador visitante en la Universidad Carlos III de Madrid. En estos días es director de Educación en la Universidad Torcuato Di Tella, y profesor de las universidades de San Andrés y de Quilmes. Ha dictado cursos en España, Alemania, Francia, Inglaterra, Estados Unidos y en la mayor parte de los países latinoamericanos. Ha escrito once libros entre los cuales están La crisis laboral docente, infancia y poder, La escuela argentina de fin de siglo y Nuevas tendencias en Políticas Educativas.
 

No por repetido el hecho deja de ser alarmante: cada año, cuando los egresados del secundario pretenden ingresar en las universidades, fracasan ruidosa y cuantitativamente. Más del noventa por ciento quedan afuera. Sus carencias son integrales, pero particularmente se observan en lo que respecta a las Ciencias Exactas.
–En primer lugar –dice el profesor Narodowski, los exámenes de ingreso en las universidades, y esto ocurre en la Argentina y en todo el mundo, son para dejar gente afuera. No nos tenemos que asombrar de que apruebe sólo el 10 por ciento. En la Universidad estatal de San Pablo, Brasil, para mencionar un caso concreto de una universidad prestigiosa, el porcentaje de quienes quedan afuera es altísimo. Y el bochazo es deliberadamente eliminatorio, porque quieren quedarse con los mejores. No digo que esté bien o esté mal, pero es así. Sería demagógico decir otra cosa.
–De modo que los que quedan afuera, bueno, que se embromen. ¿Esa es la idea?
–No, para nada. La segunda cosa es preguntarnos qué hacemos con los que quedan afuera. En otros países el sistema está articulado con la existencia de universidades clase A (las mejores o más prestigiosas) y B y C (de inferior calidad pedagógica), de modo que los postulantes en algún lado van a encontrar un lugar en donde formarse. Antes de que me lo preguntes: ese sistema no lo tenemos en la Argentina. Los aplazados no tienen esa alternativa. Proporcionarles esa posibilidad es una cuestión de decisión política. Y no hay voluntad política de hacerlo.
–¿Usted dice que fracasan por una causa casi darwiniana, de selección natural en donde sobreviven los mejores?
–Sólo en parte. Porque hay una segunda cuestión, que es una cuestión de fondo. Los estudiantes secundarios están muy mal formados, el polimodal, ese engendro detestable, no resolvió el problema. La escuela secundaria tradicional y estatal tampoco.
–Narodowski, de colegios como el Nacional Buenos Aires, o el La Plata egresan buenos estudiantes. Y son estatales.
–Son colegios secundarios universitarios, que tienen buenos cuerpos docentes. Les va bien por eso, no por el sistema. Las escuelas universitarias tienen examen de ingreso, entonces entran los más preparados, los más inteligentes o quienes más se esfuerzan, y es razonable que un buen cuerpo docente los prepare mejor, los forme mejor. Insisto: el problema es qué hacer con el 90 y pico restante de los alumnos. Y, lamentablemente, no veo que se busquen soluciones, sino que se está dejando que el sistema se empobrezca cada día más.
Un país africano
–¿Qué propone usted para corregir esa anomalía?
–Creo que la escuela tiene que ser el lugar de la enseñanza del pensamiento, y esto no está visto así. Entonces esa es la cuestión de fondo. Hay otra cosa: el bochazo tiene que ver con el regodeo argentino, “viste, yo sabía que nos iba a salir mal”. Entonces, en lugar de practicar la cultura de la resignación, produzcamos hechos para cambiar lo que está mal. Y la explicación del fracaso es siempre la misma: la falta de una política educativa estatal articulada con la sociedad para que las cosas se hagan bien. Tenemos el potencial necesario para lograrlo. No somos un pobre país africano de analfabetos tribales.
–Con respecto a eso último que dijo... ¿no es soberbia intelectual pensar que no somos como los africanos?
–No. Somos menos de lo que hemos creído, “Argentina potencia, somos los mejores del mundo” y otras soberbias. Somos menos que eso, pero somos mucho más que la resignación que padecemos. Tenemos una tradición de buenos docentes, de graduados importantes, tradición de escuela pública como solo Uruguay y Costa Rica tienen en América latina. Durante el lapso que va de 1920 a 1970, los maestros de toda América latina se educaban con libros de autores argentinos. Esos son datos de la realidad. Tuvimos premios Nobel de Ciencias (Houssay, Leloir, Mildstein). No somos potencia, pero tampoco impotencia.
–Pero...
–Dejame terminar la idea. Ahora hay una cultura de la resignación, “y bueno, somos así y no podemos cambiar”. No es cierto. Ni somos así ni es imposible cambiar. Claro, mientras tanto, la violencia invade los claustros, y la música que se escucha es la cumbia villera... Y se olvidan valores como la competencia, el trabajo diario, la cooperación, la solidaridad. Se olvidan como política educativa. Aun así, todavía tenemos un enorme potencial que estamos desperdiciando.
–En los años ’50 y ’60, venían a las universidades estatales argentinas estudiantes de toda la América latina. La universidad pública era prestigiosa y gratuita. Ahora es sólo gratuita.
–Bueno, la presencia de estudiantes extranjeros está volviendo a ocurrir, tal vez por la devaluación. Y puede aumentar si se bajan los impuestos a la educación, si se dan becas a quienes las merecen, facilidades para lograr que nuestra universidad pública vuelva a ser un polo de atracción internacional. Claramente tenemos potencial para hacer eso. Y no es un problema que se resuelva con dinero, sino con inteligencia política.

Dos más dos es igual a cinco
–Volvamos al gran bochazo gran. En Ciencias Exactas el fracaso es mayor que en carreras humanísticas. ¿Por qué esa debilidad en particular?
–Creo que no es exactamente así. Los postulantes tienen, además, enormes problemas en su expresión escrita. Son problemas que tienen que ver con dos cuestiones: una, es la incapacidad de abstracción. No se les enseña a manejar el pensamiento abstracto, y entonces, ¿cómo van a resolver una ecuación o cualquier otro problema matemático? Y no se fomentan los hábitos de estudio. Estas dos cuestiones negativas son propias de la escuela primaria y de la secundaria, y son dos cuestiones en las que estamos fallando. Esto implica la necesidad de reestablecer un orden, no un orden autoritario, sino un orden constitutivo y pedagógico, basado en un proyecto educativo. Algunas instituciones privadas –colegios privados– sí están hallando soluciones. Pero toda solución integral pasa por establecer un proyecto general, liderado por los dirigentes estatales. El Estado debe apoyar, financiar y evaluar adecuadamente lo que hacen las escuelas. Y desarrollar un proyecto integral.
–Explíquelo mejor.
–No hay un proyecto educativo en el sentido amplio. Otros países sí tienen varias ideas-fuerza acerca de la educación. El estado y la sociedad civil articulan acuerdos a partir de los cuales se sabe qué es lo que está bien y mal, cómo tiene que ser la actividad escolar, qué se hace con la violencia escolar...
–Hay violencia en toda la sociedad en general.¿Por qué las escuelas deberían estar al margen?
–Sí, es cierto, pero acá estamos hablando de educación, de definir qué tipo de escuela secundaria necesitamos, si tienen que exhibir un perfil productivo o humanista, o ambos, ponernos de acuerdo en valores compartidos sobre lo que está bien o lo que está mal. Hasta los años ’60, eso existía.
–¿Y qué nos pasó?
–Muchas cosas: un presupuesto exiguo, la falta de políticas públicas que apoyen a los educadores, que ayuden a los educadores a educar, y además caímos en el olvido de la cultura del esfuerzo y de la cultura de la dedicación. En estos días hay una lógica facilista, vinculada a la necesidad de producir resultados inmediatos, como si el proyecto fuera “sálvese quien pueda”.
–Hay quien puede, sin embargo...
–Los sectores sociales de mayores recursos se pueden salvar en una medida mayor que los sectores menos favorecidos.
En los años ’60 se produjo una fractura del sistema educativo argentino, y el Estado dejó de dar respuesta (no pudo o no quiso) a las demandas de la clase media urbana. No previó una época nueva en lo cultural, en lo tecnológico, en la concepción del niño y del adolescente. El Estado no dio respuesta a esa demanda de cambio, cosa que sí hicieron otras escuelas del mundo, y los sectores de clase media o media baja quedaron al margen del sistema educativo. El sistema quedó fracturado por falta de respuesta del Estado. Eso se complementó con una política muy equivocada y violenta, como “la noche de los bastones largos”, que fue el descabezamiento de la elite intelectual y científica de la universidad argentina. Y la eliminación de las escuelas normales en 1969, mal reemplazadas. Se aniquiló un sistema que, hasta ese momento, era de una eficacia aceptable, y de un nivel comparable al de cualquier país desarrollado. Hoy, en muchos centros urbanos, tenemos un sistema de educación privada que es uno de los más grandes del mundo; no es común, de cada tres familias con hijos en edad de estudiar, dos mandan sus hijos a institutos privados. Eso es un fenómeno que no se ve en ningún lugar del mundo. La consecuencia de esto es primero el empobrecimiento del espacio público y la existencia de mayores niveles de segregación socioeconómica, con escuelas privadas exitosas y escuelas públicas deficitarias, adonde van los pobres. Esto es, lamentablemente, el mapa de la situación actual, algo que va a seguir profundizándose si no se toman las medidas adecuadas a corto plazo.

 

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