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Mariano Narodowski, uno de los pedagogos mas prestigiosos de
la Argentina, señala las falencias del sistema que fragmento
la sociedad en estudiantes ricos, en escuelas privadas y
estudiantes pobres –y fracasados– en las estatales.
¿Estudiar para cartonero? ¿Hay solucion? ¿Cual es? Esta es
la primera nota de la serie.
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Quién es Narodowski
“Se cambió la cultura del esfuerzo por el
sálvese quien pueda”
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Mariano Narodowski, uno de los pedagogos mas
prestigiosos de la Argentina, señala las
falencias del sistema que fragmento la sociedad
en estudiantes ricos, en escuelas privadas y
estudiantes pobres –y fracasados– en las
estatales. ¿Estudiar para cartonero? ¿Hay
solucion?
¿Cual es? Esta es la primera
nota de la serie.
Mariano Narodowski tiene 45 años, es argentino y
fue maestro de escuelas públicas en zonas
pobres. Es magíster en Ciencias Sociales y
doctor en Educación. Fue investigador visitante
en la Universidad Carlos III de Madrid. En estos
días es director de Educación en la Universidad
Torcuato Di Tella, y profesor de las
universidades de San Andrés y de Quilmes. Ha
dictado cursos en España, Alemania, Francia,
Inglaterra, Estados Unidos y en la mayor parte
de los países latinoamericanos. Ha escrito once
libros entre los cuales están La crisis laboral
docente, infancia y poder, La escuela argentina
de fin de siglo y Nuevas tendencias en Políticas
Educativas.
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No por
repetido el hecho deja de ser alarmante: cada año, cuando
los egresados del secundario pretenden ingresar en las
universidades, fracasan ruidosa y cuantitativamente. Más del
noventa por ciento quedan afuera. Sus carencias son
integrales, pero particularmente se observan en lo que
respecta a las Ciencias Exactas.
–En primer lugar –dice el profesor Narodowski, los exámenes
de ingreso en las universidades, y esto ocurre en la
Argentina y en todo el mundo, son para dejar gente afuera.
No nos tenemos que asombrar de que apruebe sólo el 10 por
ciento. En la Universidad estatal de San Pablo, Brasil, para
mencionar un caso concreto de una universidad prestigiosa,
el porcentaje de quienes quedan afuera es altísimo. Y el
bochazo es deliberadamente eliminatorio, porque quieren
quedarse con los mejores. No digo que esté bien o esté mal,
pero es así. Sería demagógico decir otra cosa.
–De modo que los que quedan afuera, bueno, que se embromen.
¿Esa es la idea?
–No, para nada. La segunda cosa es preguntarnos qué hacemos
con los que quedan afuera. En otros países el sistema está
articulado con la existencia de universidades clase A (las
mejores o más prestigiosas) y B y C (de inferior calidad
pedagógica), de modo que los postulantes en algún lado van a
encontrar un lugar en donde formarse. Antes de que me lo
preguntes: ese sistema no lo tenemos en la Argentina. Los
aplazados no tienen esa alternativa. Proporcionarles esa
posibilidad es una cuestión de decisión política. Y no hay
voluntad política de hacerlo.
–¿Usted dice que fracasan por una causa casi darwiniana, de
selección natural en donde sobreviven los mejores?
–Sólo en parte. Porque hay una segunda cuestión, que es una
cuestión de fondo. Los estudiantes secundarios están muy mal
formados, el polimodal, ese engendro detestable, no resolvió
el problema. La escuela secundaria tradicional y estatal
tampoco.
–Narodowski, de colegios como el Nacional Buenos Aires, o el
La Plata egresan buenos estudiantes. Y son estatales.
–Son colegios secundarios universitarios, que tienen buenos
cuerpos docentes. Les va bien por eso, no por el sistema.
Las escuelas universitarias tienen examen de ingreso,
entonces entran los más preparados, los más inteligentes o
quienes más se esfuerzan, y es razonable que un buen cuerpo
docente los prepare mejor, los forme mejor. Insisto: el
problema es qué hacer con el 90 y pico restante de los
alumnos. Y, lamentablemente, no veo que se busquen
soluciones, sino que se está dejando que el sistema se
empobrezca cada día más.
Un país africano
–¿Qué propone usted para corregir esa anomalía?
–Creo que la escuela tiene que ser el lugar de la enseñanza
del pensamiento, y esto no está visto así. Entonces esa es
la cuestión de fondo. Hay otra cosa: el bochazo tiene que
ver con el regodeo argentino, “viste, yo sabía que nos iba a
salir mal”. Entonces, en lugar de practicar la cultura de la
resignación, produzcamos hechos para cambiar lo que está
mal. Y la explicación del fracaso es siempre la misma: la
falta de una política educativa estatal articulada con la
sociedad para que las cosas se hagan bien. Tenemos el
potencial necesario para lograrlo. No somos un pobre país
africano de analfabetos tribales.
–Con respecto a eso último que dijo... ¿no es soberbia
intelectual pensar que no somos como los africanos?
–No. Somos menos de lo que hemos creído, “Argentina
potencia, somos los mejores del mundo” y otras soberbias.
Somos menos que eso, pero somos mucho más que la resignación
que padecemos. Tenemos una tradición de buenos docentes, de
graduados importantes, tradición de escuela pública como
solo Uruguay y Costa Rica tienen en América latina. Durante
el lapso que va de 1920 a 1970, los maestros de toda América
latina se educaban con libros de autores argentinos. Esos
son datos de la realidad. Tuvimos premios Nobel de Ciencias
(Houssay, Leloir, Mildstein). No somos potencia, pero
tampoco impotencia.
–Pero...
–Dejame terminar la idea. Ahora hay una cultura de la
resignación, “y bueno, somos así y no podemos cambiar”. No
es cierto. Ni somos así ni es imposible cambiar. Claro,
mientras tanto, la violencia invade los claustros, y la
música que se escucha es la cumbia villera... Y se olvidan
valores como la competencia, el trabajo diario, la
cooperación, la solidaridad. Se olvidan como política
educativa. Aun así, todavía tenemos un enorme potencial que
estamos desperdiciando.
–En los años ’50 y ’60, venían a las universidades estatales
argentinas estudiantes de toda la América latina. La
universidad pública era prestigiosa y gratuita. Ahora es
sólo gratuita.
–Bueno, la presencia de estudiantes extranjeros está
volviendo a ocurrir, tal vez por la devaluación. Y puede
aumentar si se bajan los impuestos a la educación, si se dan
becas a quienes las merecen, facilidades para lograr que
nuestra universidad pública vuelva a ser un polo de
atracción internacional. Claramente tenemos potencial para
hacer eso. Y no es un problema que se resuelva con dinero,
sino con inteligencia política.
Dos más dos es igual a cinco
–Volvamos al gran bochazo gran. En Ciencias Exactas el
fracaso es mayor que en carreras humanísticas. ¿Por qué esa
debilidad en particular?
–Creo que no es exactamente así. Los postulantes tienen,
además, enormes problemas en su expresión escrita. Son
problemas que tienen que ver con dos cuestiones: una, es la
incapacidad de abstracción. No se les enseña a manejar el
pensamiento abstracto, y entonces, ¿cómo van a resolver una
ecuación o cualquier otro problema matemático? Y no se
fomentan los hábitos de estudio. Estas dos cuestiones
negativas son propias de la escuela primaria y de la
secundaria, y son dos cuestiones en las que estamos
fallando. Esto implica la necesidad de reestablecer un
orden, no un orden autoritario, sino un orden constitutivo y
pedagógico, basado en un proyecto educativo. Algunas
instituciones privadas –colegios privados– sí están hallando
soluciones. Pero toda solución integral pasa por establecer
un proyecto general, liderado por los dirigentes estatales.
El Estado debe apoyar, financiar y evaluar adecuadamente lo
que hacen las escuelas. Y desarrollar un proyecto integral.
–Explíquelo mejor.
–No hay un proyecto educativo en el sentido amplio. Otros
países sí tienen varias ideas-fuerza acerca de la educación.
El estado y la sociedad civil articulan acuerdos a partir de
los cuales se sabe qué es lo que está bien y mal, cómo tiene
que ser la actividad escolar, qué se hace con la violencia
escolar...
–Hay violencia en toda la sociedad en general.¿Por qué las
escuelas deberían estar al margen?
–Sí, es cierto, pero acá estamos hablando de educación, de
definir qué tipo de escuela secundaria necesitamos, si
tienen que exhibir un perfil productivo o humanista, o
ambos, ponernos de acuerdo en valores compartidos sobre lo
que está bien o lo que está mal. Hasta los años ’60, eso
existía.
–¿Y qué nos pasó?
–Muchas cosas: un presupuesto exiguo, la falta de políticas
públicas que apoyen a los educadores, que ayuden a los
educadores a educar, y además caímos en el olvido de la
cultura del esfuerzo y de la cultura de la dedicación. En
estos días hay una lógica facilista, vinculada a la
necesidad de producir resultados inmediatos, como si el
proyecto fuera “sálvese quien pueda”.
–Hay quien puede, sin embargo...
–Los sectores sociales de mayores recursos se pueden salvar
en una medida mayor que los sectores menos favorecidos.
En los años ’60 se produjo una fractura del sistema
educativo argentino, y el Estado dejó de dar respuesta (no
pudo o no quiso) a las demandas de la clase media urbana. No
previó una época nueva en lo cultural, en lo tecnológico, en
la concepción del niño y del adolescente. El Estado no dio
respuesta a esa demanda de cambio, cosa que sí hicieron
otras escuelas del mundo, y los sectores de clase media o
media baja quedaron al margen del sistema educativo. El
sistema quedó fracturado por falta de respuesta del Estado.
Eso se complementó con una política muy equivocada y
violenta, como “la noche de los bastones largos”, que fue el
descabezamiento de la elite intelectual y científica de la
universidad argentina. Y la eliminación de las escuelas
normales en 1969, mal reemplazadas. Se aniquiló un sistema
que, hasta ese momento, era de una eficacia aceptable, y de
un nivel comparable al de cualquier país desarrollado. Hoy,
en muchos centros urbanos, tenemos un sistema de educación
privada que es uno de los más grandes del mundo; no es
común, de cada tres familias con hijos en edad de estudiar,
dos mandan sus hijos a institutos privados. Eso es un
fenómeno que no se ve en ningún lugar del mundo. La
consecuencia de esto es primero el empobrecimiento del
espacio público y la existencia de mayores niveles de
segregación socioeconómica, con escuelas privadas exitosas y
escuelas públicas deficitarias, adonde van los pobres. Esto
es, lamentablemente, el mapa de la situación actual, algo
que va a seguir profundizándose si no se toman las medidas
adecuadas a corto plazo.
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