05 Septiembre de 2004

 " Perdimos la idea de que educarse es un trabajo"

    Por Carlos Baudry

ace pocos días se realizó en Buenos Aires el Segundo Congreso Argentino de Padres. Especialistas como Guillermo Jaim Etcheverry y Alfredo Van Gelderen, entre otros, expusieron sus ideas ante más de mil personas preocupadas por la formación de sus hijos. El rol de los medios de comunicación y enseñar a transmitir valores, fueron los temas más consultados.

Más que el ‘ser o no ser’, la dicotomía que se plantean los padres de hoy parecería pasar por el interrogante de cómo convertirse en mejores padres para así formar mejores hijos. El dato, que hace tiempo dejó de ser novedad, es que los tiempos que corren no ayudan. La crisis generalizada arroja como resultado un mar de dudas y temores que convierten a la crianza en un desafío cada vez más complicado. Al menos, en eso coinciden los más de mil mamás y papás que hace unos días asistieron al Segundo Congreso Argentino de Padres, organizado por la fundación Proyecto Padres en el predio de La Rural porteña (ver En acción). Abrigados para soportar el frío, llegaron bien temprano con el objetivo de no perder un segundo de la jornada de debates y conferencias. Y en cuanto se acomodaron en sus respectivos asientos, sacaron a relucir sendos cuadernos y anotadores en los que tomaron detallada nota de los conceptos que fueron repasando oradores de la talla del Doctor Guillermo Jaim Etcheverry, el profesor Alfredo Van Gelderen, entre otros. ¿Los temas que más los preocupan? El rol de los medios de comunicación, aprender a poner límites y transmitir buenos valores.

Cuál es la cuestión
El Doctor Guillermo Jaim Etcheverry, Rector de la Universidad de Buenos Aires, es el encargado de abrir el juego. “Ser papás y mamás es una de las mayores responsabilidades que tenemos como seres humanos y creo que no es lo suficientemente celebrada y recordada. Pero a esta idea, me permito agregar la importancia del rol de maestros, que deben cumplir los padres en su contribución a crear alumnos. Porque si algún problema tiene la educación actual, y no sólo en la Argentina, es precisamente la ausencia de alumnos”, arranca antes de leer una cita de Maimónides, quien ya en el año 1168 se refería al vínculo entre progenitores y formadores. “La paternidad no está relacionada con la función biológica de engendrar un nuevo ser. Padres son quienes enseñan en un sentido auténticamente humano”, explica inmediatamente. Aunque en plena vorágine del siglo XXI una cita de los tiempos medievales pueda resultar curiosa, Etcheverry sostiene que el principal inconveniente radica en la ruptura que se produjo entre la familia y la escuela en tanto instituciones.
“Los padres son los primeros formadores –insiste Etcheverry–. Tenemos que dar el testimonio. Hoy se privilegia lo nuevo, lo joven, y padres y maestros tendemos a ser los amigos canosos de nuestros alumnos o hijos. Existe una resistencia a aceptar la asimetría de ciertas relaciones. Resulta alarmante la impostura que está reemplazando a la escuela en todos sus niveles, desde el jardín de infantes hasta la Universidad, de centrar la educación en la enseñanza de la nada. La sociedad está sinceramente convencida de que ya no queda nada por enseñar y por eso se empeña en catalogar a la figura del docente como de autoritaria o abusiva. Muchas veces, los padres se asocian a sus hijos en contra de la institución escolar a la que encuentran como una organización opresiva, y terminan de resquebrajar ese pacto fundacional, que supone que su función es en realidad, asociarse a los maestros para ayudar a sus chicos. Los profesores parecieran ejercer la violencia simbólica de querer enseñar algo al otro”. Casi con ironía, relata como antes, los padres iban a la escuela a ver qué había hecho el nene o la nena y ahora, van a ver qué le han hecho al nene o a la nena (“no ustedes, los otros, porque vieron que en la Argentina suceden cosas graves, pero siempre a los otros”).

No hay dos sin tres
El profesor Alfredo Van Gelderen, Secretario de la Academia Nacional de Educación, retoma la idea de Etcheverry. “A la pérdida de la vigencia del contrato social entre educación y familia se suma el desencuentro con una tercera institución: los medios de comunicación social, que tienen un potencial enorme para transmitir la cultura y la anticultura, el bien y el mal, lo formativo y lo deformativo. Estas insuficiencias se han convertido en un problema gravísimo, que hacen a la responsabilidad de la dirigencia del país.
 

Ustedes pensarán, como nos decía Jaim, que la dirigencia son los otros. Pero no. Creo que las madres y padres, y los dos veces madres y dos veces padres que somos las abuelas y abuelos, tenemos responsabilidad de dirigencia en la primera sociedad que integramos, que es la familia. Del mismo modo, los docentes son dirigentes de un grupo que se llama escuela. Si ninguno asume la responsabilidad que le toca, esto no tiene posibilidad de mejora”, anuncia al inaugurar el panel sobre ‘La responsabilidad de los medios en la educación de nuestros hijos’. Y ante el murmullo de aprobación de la platea, agrega: “Desde nuestro rol de conductores, reflexionemos sobre el tiempo que los chicos dedican a la educación escolarizada y el que dejamos que nuestros hijos y nietos dediquen al consumo incontrolado de la oferta de los medios. Estamos frente a una desproporción horaria importante. Hablamos de cuatro a siete horas por día, cinco días a la semana, durante escasos nueve meses al año. El tiempo restante, que debería ser para reforzar lo aprendido en la escuela o para el goce sano, entra en una zona de descontrol conducida solamente por la oferta. Pero no debemos bajar los brazos frente a eso. Desde la orientación del consumo podemos hacer mucho. Y tendríamos que exigirle lo mismo a la escuela. Somos ciudadanos cuando cuidamos los destinos de toda la sociedad. Si no, nos convertimos en simples pobladores de un territorio. Como estudiante de letras que soy, rescato una frase de Dostoievsky: ‘Todos somos responsables de todo y de todos, ante todos, y yo más que todos los demás’. Otro autor ruso, Tolstoi, decía que ‘la única esperanza de conocer, es conocer juntos’”.

Qué hacer entonces
Por supuesto, los especialistas coinciden en que los tiempos han cambiado. “El hecho de que el nivel educativo haya descendido tanto se debe a que les hemos impedido a los pobres jóvenes toda posibilidad de ser alumnos y claro, entonces no escuchan. Puede ser que los programas sean poco ágiles y desactualizados. También que el tiempo escolar esté mal distribuido. Pero estamos perdiendo la idea de que educarse es un trabajo que uno hace con esfuerzo sobre uno mismo. Cada vez toma más fuerza, la idea de que los chicos deben ir a la escuela a pasarla lo mejor posible. Y no estamos hablando de un centro de entretenimientos, sino del lugar en el que incorporarán herramientas intelectuales que les permitan a las nuevas generaciones comprenderse a sí mismas y comprender al mundo. Muchas veces digo que nuestra escuela, fundamentalmente el nivel medio, es como una larga preparación para el viaje de egresados”, expone Etcheverry. Otro aspecto fundamental, apunta, es que en la actualidad los jóvenes son considerados un grupo cerrado, un todo acabado y perfecto frente al cual la función de la escuela es eliminar los obstáculos que les impiden ser ellos mismos. Ya no se trata de una etapa dentro del proceso de evolución como la niñez. “Tienen una cultura propia que los adultos respetan, porque en realidad encuentran en ellos un mercado muy redituable y por eso los someten a la banalidad y a la grosería”, continúa.
Como si estuvieran en clase, los padres toman nota con seriedad. Y sus rostros se transforman en duda cuando Etcheverry busca respuestas al qué hacer para mejorar la situación. “La actitud de no ayudarlos se está transformando en una política y la justificamos invocando lo que supuestamente los jóvenes quieren, cuando conscientemente o no, nos están pidiendo a gritos que asumamos nuestros deberes hacia ellos. Advierten que por nuestro desinterés están sufriendo la amputación de sus aspiraciones más profundas. Tenemos pues, una enorme responsabilidad. Cuando los expertos en ecología quieren impactar a su auditorio se preguntan qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos. Yo prefiero invertir la frase: ¿A qué chicos le vamos a dejar nuestro mundo?”.

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