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MADRID.- Educar es entusiasmar
con los valores. Estamos en un momento en el que mucha gente
joven está perdida, sin saber a dónde ir.
Estar perdido es no tener rumbo. Ir tirando a ver qué pasa.
Veo mucha gente joven así. Y no hablo sólo de nuestro país.
McLuhan habló del planeta global.
¿Por dónde debemos empezar? Los edificios que no se caen son
los que tienen unas bases firmes, unas raíces sólidas. Lo
primero de todo es la formación. Educar, convertir a alguien
en persona. Educar es conseguir seres humanos con dignidad y
criterio. Educar es seducir con modelos sanos, atractivos,
coherentes y llenos de humanidad.
Por ahí debemos comenzar. Ejemplos de vidas llenas de
sentido, atractivas, que nos empujen, que arrastren nuestra
conducta en esa dirección. Educar es atraer por
encantamiento y por ejemplaridad.
El gran educador moderno está enfermo y con mal pronóstico:
la televisión.
Y no hay ningún indicador que nos diga que va a cambiar en
positivo.
Pero la primera fuente educativa, en la que todo debe
arrancar, es la familia. La familia debe ser una escuela en
la que uno se sabe querido por lo que es, y no por lo que
tiene. Una familia sana es la primera escuela en la que uno
recibe lecciones que no se olvidan.
Si la familia funciona, la persona va a tener un edificio
construido con materiales resistentes. Allí hay un mundo
mágico y decisivo. Porque la primera piedra de la educación
es la formación. Adquirir una buena formación, en general,
es distinguir lo que es bueno de lo que es malo; tener
criterio; saber a qué atenerse; discernimiento: aprender a
penetrar en la realidad distinguiendo lo que es mejor y más
positivo para escoger ese camino.
La formación hospeda en su interior distintos ingredientes.
Hay dos notas principales que no quiero dejarme en el
tintero, por eso quiero plasmarlas cuanto antes: la
formación humana y la espiritual. La primera aspira a que
lleguemos a tener un comportamiento propio de seres humanos
y, dentro de ese plano, se abren tres grandes notas: la
inteligencia, la afectividad y la voluntad. Para mí ellas
constituyen el subsuelo desde dónde debe arrancar la
condición humana. Cada una de ellas tiene un largo
recorrido.
La inteligencia es la capacidad de síntesis; saber
distinguir lo accesorio de lo fundamental. Desde pequeños,
hay que enseñar a pensar, a tener espíritu crítico y a
formular argumentos que defiendan nuestras ideas y
creencias. Hay muchos tipos de inteligencia y, en general,
unas y otras no se llevan bien; parece como si poseer unas,
excluyera a otras. Inteligencia teórica, práctica, social,
analítica, sintética, discursiva, creativa, inteligencia
emocional (tan de moda hoy, desde el libro de Goleman),
fenicia, instrumental, matemática? e inteligencia para la
vida (saber gestionar del mejor modo posible la propia
trayectoria). Todas tiene un lugar común, captar la realidad
desde diversos ángulos.
La inteligencia se nutre de la lectura. Fomentar este hábito
es esencial. Hoy a todos nos cuesta más, pues estamos en la
era de la imagen. Pero hay que intentarlo. Un par de libros
siempre cerca, alternándolos. Y la curiosidad como
ingrediente esencial. La lectura es a la inteligencia lo que
el ejercicio físico es al cuerpo.
La afectividad: ese sentido pura sangre que recorre nuestra
persona y que se manifiesta por medio de los sentimientos,
las emociones y las pasiones. Tener una buena formación
sentimental significa capacidad para dar y para recibir
amor. Uno de los puntos básicos, en este sentido, es
aprender a expresar sentimientos: desde dar las gracias,
mostrar afecto, saber que la palabra bien empleada es puente
de comunicación: te quiero, te necesito, perdoname, ayudame
en este asunto, necesito hablar contigo, tengo un problema y
necesito que me orientes. Todo eso cultiva, hace prosperar
el mundo sentimental, y le da fuerza y consistencia.
En tercer lugar, la formación humana tiene un elemento
decisivo, clave, de una importancia a la larga de gran
alcance: la voluntad.
¿Qué es la voluntad, en qué consiste, qué características
tiene? Voluntad es la capacidad para ponernos metas,
objetivos y luchar a fondo por ir consiguiéndolos. Con la
voluntad no se nace, sino que uno la cultiva, la trata, se
empeña por ir incluyéndola en la conducta personal, contra
viento y marea.
La voluntad es la determinación, la firmeza, el esfuerzo
deportivo por conquistar cimas de cierto nivel que nos
ayuden a crecer como personas. Y ésta, a su vez, se compone
de una serie de ingredientes que son muy importantes: el
orden, la constancia y la motivación.
Yo les llamo a todos esos elementos la inteligencia
instrumental, porque son las alas que hacen volar alto a la
inteligencia? las joyas de la corona. No hago lo que me
apetece ni lo que me pide el cuerpo, sino lo que es mejor
para mí, aquello que me hace crecer como persona.
La formación espiritual significa la rebeldía del que no
quiere vivir como un animal, sino como una persona. Hoy lo
políticamente correcto es no creer en casi nada, todo light
, ligero, liviano, sin compromiso con nada? es el
posmodernismo: una vida sin valores ni convicciones,
suspendida en el relativismo y la permisividad.
La espiritualidad bien entendida nos hace crecer en
humanidad y nos lleva a ver al otro en toda su dignidad.
Expulsar a Dios de la vida personal, porque está de moda y
se lleva y eso es lo que hay, no hace más libre ni a las
personas ni a la sociedad. Eso lleva a lo que estamos viendo
hoy tan a menudo, un vacío espiritual enorme.
Sólo un profundo sentido espiritual de la vida, moderno,
abierto, liberal?, pero firme como la tierra sólida que
pisamos, es capaz de cambiar en profundidad el corazón del
ser humano. Esta sociedad está muy perdida en lo básico.
Hablaría de esto con detalle, pero ahora dejo sólo apuntada
esta idea para el que quiera recogerla. Pero lo resumiría de
este modo: la persona espiritual lo juzga todo.
No quiero alargarme para no hacer muy extenso este artículo.
Cuanto más vale una persona, más valora a los demás. Y al
revés. No hay secretos para el éxito, éste se alcanza con
preparación progresiva, trabajando con minuciosidad sobre
uno mismo, sacando lecciones de los fracasos y procurando
tener un modelo de identidad, esos ejemplos de vida lejanos
o cercanos, que tiran, arrastran, empujan en esa dirección
para conseguir hacer una pequeña obra de arte de la vida
personal.
Querer es poder. Voy contra corriente. No me importa, sé que
son tiempos difíciles, en los que hay mucha gente
desorientada, pero que puede ser reconducida. En el libro de
Chesterton El hombre eterno , el autor habla de ir contra la
corriente, y dice lo siguiente: cuando uno va navegando por
un río de cierto caudal a favor de la corriente, ésta lo
lleva a uno rápida y fluidamente, pero se corre el riesgo de
ir tan bien, que uno se duerme y se puede caer al agua y
ahogarse. Por el contrario, cuando uno está acostumbrado a
ir contra la corriente, hay que luchar y esforzarse y
resistir, y cada pequeña victoria es un triunfo? el agua
salpica a la cara y es difícil seguir, pero la pasión por
avanzar es mayor, así se fortalece la postura.
Para ir contra la corriente hoy hay que estar bien formado y
tener ideas claras, y criterios coherentes y sólidos para no
dejarse llevar por una sociedad herida por el consumismo y
manipulada por los medios de comunicación.
El ser humano es el capital más preciado. La crisis
económica es nada comparada con la crisis moral. No saber
para dónde tirar ni a qué atenerse es mucho más grave. Una
educación permisiva y relativista se sitúa lejos de la
voluntad y la buena orientación, y destruye el vigor del
alma y del cuerpo.
Enrique Rojas
Para LA NACION
El autor es un catedrático
español en Psiquiatría, autor del libro Quién eres.
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