|
Por Guillermo Jaim Etcheverry
De la Redacción de LA NACION
En oportunidad de presentar su
último libro, El enigma del sufrimiento, Santiago Kovadloff
mantuvo un revelador diálogo con Hugo Caligaris. Mucho de lo
que se dijo en ese encuentro merecería ser comentado.
Quisiera, sin embargo, detenerme en una frase del autor que
replantea una cuestión esencial para comprender la crisis
actual de la educación. En un pasaje de su exposición
mencionó el hecho de que las personas prefieren, cada vez
más, "la felicidad de ser a la tarea de construirse". Una
síntesis excepcional de lo que hoy sucede.
Tradicionalmente se interpretó que la evolución de la
persona era el resultado de una laboriosa tarea de
construcción. La familia, primero, y la escuela, después,
eran responsables de realizar aportes esenciales a esa
labor, el bildung de los alemanes, que es, a la vez,
educación y construcción. Se interpretaba que, como siempre
supone edificar algo, la tarea de construirse como persona
demandaba un sostenido esfuerzo. Estimulado y guiado por
padres y maestros, cada uno de nosotros emprendía esa
aventura, inexcusablemente individual, de "hacerse" persona.
Resulta innecesario señalar que no se trataba de un hacerse
aislado sino junto con los otros e, idealmente, con el
objetivo puesto en servirles.
Pero para emprender esa tarea resultaba inexcusable haber
tomado conciencia de la necesidad de "construirse", de verse
a uno mismo como un trabajo inconcluso, un esbozo de persona
abierta. De vivir, en fin, en un inestable estado de "ser en
obra". Además, con la certeza de que ese proyecto no se
concretaría por completo en el lapso tan fugaz del que
disponemos para intentarlo.
Esa visión sobre nosotros mismos se está perdiendo
aceleradamente. Resulta innecesario detenerse en las
numerosas demostraciones del hecho de que hoy se prefiere la
inmediata "felicidad de ser", de ser así como se es: simple,
sin trabajo de elaboración alguna. No es casual escuchar a
muchos jóvenes, carentes de toda experiencia y no pocas
veces desprovistos de las brújulas intelectuales que les
permitan orientarse en la realidad del mundo, decir que
ellos "son así". Lo afirman con un orgullo desafiante. Se
conciben cerrados, desinteresados por cambiar, hasta por
considerar que tal vez existan alternativas. No se ven
empeñados en el laborioso proceso de ser, sino que han sido
convencidos de que ya son. Impermeables, creen que nada
tienen por aprender de los demás, que padres y maestros no
pueden aportar a su construcción. Que eso que tan fácilmente
han llegado a ser, a consecuencia de la invasión silenciosa
del ruidoso mundo que los rodea, es ya el producto final,
concluido. Lo peor es que alcanzan esa felicidad de ser de
manera pasiva, sin realizar esfuerzo alguno. Es más, lo
hacen mediante la diversión y el goce.
¿Para qué esforzarse en la tarea de construirse si se es
feliz con eso que, sin esfuerzo, ya se es? El desafío
esencial de la educación actual es, precisamente, el de
volver a convencer a las nuevas generaciones de que su
principal tarea es, precisamente, la de construirse
activamente. Que es preciso tomar la decisión consciente de
encarar ese esfuerzo, ya que sin ser no hay posibilidad de
experimentar la felicidad de ser.
Mientras ofrezcamos a nuestros jóvenes el engañoso espejismo
de creer que esa felicidad es posible escapando a la
responsabilidad de edificar su ser, no será posible
reconstruir la educación. Debemos ayudarlos a ver una
realidad que hoy se les oculta con la intención de
convertirlos en dóciles instrumentos de un mercado que los
prefiere así, primarios y felices de serlo, en lugar de
concebirlos empeñados en la tarea de construirse cada día.
Esto supone no sólo esfuerzo, sino también el desarrollo de
una conciencia crítica considerada peligrosa. Debemos
convencerlos de que la felicidad reside en advertir que
tienen la capacidad singular de construirse permanentemente
ya que son, somos, "seres en obra."
|