|
En un reciente artículo periodístico, el escritor español
Rafael Argullol comenta el hecho de que algunos de los
mejores profesores universitarios de su país están
abandonando la enseñanza. Identifica como una de las
principales causas de esta preocupante situación el
desinterés intelectual que advierten en sus estudiantes.
Señala que los profesores no se sienten ofendidos por la
ignorancia, sino por ese desinterés que demuestran sus
alumnos. Es decir que no sólo comprueban que ignoran por
completo nociones esenciales, sino que, fundamentalmente,
tal desconocimiento no representa problema alguno para los
jóvenes, quienes, dice, "adiestrados en la impunidad ante la
ignorancia, no creen en el peso favorable que el
conocimiento puede aportar a sus futuras existencias".
Esta situación no es más que el reflejo de un fenómeno
generalizado: la indiferencia por el saber que muestra la
sociedad que esos jóvenes integran, puesto que hoy se
privilegia la utilidad por sobre la verdad. Señala Argullol:
"Tras los ojos ausentes -más somnolientos que soñadores de
sus jóvenes pupilos- los veteranos ilustrados advierten la
abulia general de la sociedad frente a las antiguas promesas
de la sabiduría. ¿Para qué preferir el conocimiento, que es
un camino largo y complejo, al utilitarismo de la posesión
inmediata?". Hemos conseguido contagiar a los jóvenes el
clima antiilustrado que caracteriza a nuestra época en la
que no se valoran "ni bien ni verdad ni belleza, las
antiguallas ilustradas, sino únicamente uso: la vida es uso
de lo que uno tiene a su alrededor".
Esa reflexión, que refleja la realidad que se observa en la
sociedad occidental actual, justifica en gran medida la
crisis de significado que atraviesa la educación. Nos
encontramos ante la paradoja de una sociedad que declama la
importancia del conocimiento, es más, que se considera a sí
misma "sociedad del conocimiento", pero que no valora ese
conocimiento e, incluso, no pocas veces lo combate
activamente en los hechos concretos.
Muchos jóvenes son el espejo de ese clima que prevalece en
la sociedad y, más aún, convierten su desinterés en
ignorancia militante, configurando un grupo en expansión que
exhibe ese desprecio sin ocultar un cierto orgullo. Se
muestran heroicamente resistentes a toda influencia que
consideren inútil para la sociedad de uso, hacen gala del
hedonismo que ven en sus mayores y, como ellos, desconfían
de todo lo que tenga cierto sabor a antiguo. No alcanzan a
advertir que la tecnología, a cuyo consumo desenfrenado se
los impulsa, reconoce su origen, precisamente, en los
fundamentos teóricos que se desarrollaron, con gran
esfuerzo, en respuesta al desafío que plantearon a las
generaciones anteriores aquellos ideales del conocimiento.
Hace poco, el presidente Barack Obama, de los Estados
Unidos, decidió hablar directamente con los escolares al
comenzar el ciclo lectivo de este año. Desde una escuela
media en Arlington, Virginia, se dirigió por televisión a
los alumnos reunidos en todas las escuelas de su país,
actitud que generó un interesante debate en la opinión
pública, ya que algunos grupos creían ver en ella el
propósito de adoctrinar a los jóvenes. En un discurso
admirable -que deberían leer las dirigencias de todo el
mundo-, les comentó que se había referido en numerosas
ocasiones a la educación. Que había hablado de la
responsabilidad que tienen los maestros en inspirar a sus
estudiantes, alentándolos así a aprender. Que había hecho
referencia a la necesidad de que los padres siguieran de
cerca el desempeño de sus hijos, controlando que realizaran
sus tareas y vigilando que no pasaran todas las horas del
día frente a la televisión o a los videojuegos. Que había
señalado la responsabilidad que le cabe al gobierno de
establecer estándares elevados y de apoyar a los maestros y
directivos de las escuelas, mejorando la situación de
aquellas que no funcionan adecuadamente y en las que los
estudiantes no logran buenos niveles de aprendizaje. "Pero
-dijo- en última instancia, aunque contemos con los maestros
más dedicados, con los padres más dispuestos a apoyar la
labor educativa, con las mejores escuelas del mundo, nada de
eso importará a menos que todos ustedes cumplan con sus
responsabilidades, a menos que asistan a esas escuelas, a
menos que presten atención a esos maestros, a menos que
escuchen a sus padres, a sus abuelos, a los demás adultos y,
sobre todo, a menos que estén dispuestos a realizar el duro
trabajo que se requiere para alcanzar el éxito. Cada uno de
ustedes es el responsable último de su propia educación."
Educarse representa una responsabilidad hacia uno mismo
porque cada uno tiene capacidad para algo, cada uno tiene
algo para ofrecer. "Y ustedes -señaló Obama- tienen la
responsabilidad para con ustedes mismos de descubrir cuál es
esa capacidad con la que cuentan. Esa es la oportunidad que
les proporciona la educación." Enumeró diversas situaciones:
"Pueden ser grandes escritores, pero no lo sabrán hasta que
escriban ese trabajo que les exigen para la clase de lengua;
innovadores o inventores, pero lo descubrirán recién cuando
elaboren su proyecto para la clase de ciencias; dirigentes
políticos, pero para eso deberán estudiar el gobierno e
incorporarse a los grupos de debate. Para cualquier tarea
que quieran emprender necesitarán una buena educación? Nadie
deja la escuela y simplemente aterriza en un buen trabajo.
Para eso necesitarán entrenarse, trabajar y aprender".
Destacó como idea central el hecho de que, además de esa
responsabilidad personal, lo que hagan los jóvenes con su
educación decidirá el destino de la sociedad en la que
viven. "El futuro de los Estados Unidos depende de cada uno
de ustedes -señaló el presidente-, porque lo que aprendan
hoy en la escuela determinará si nosotros, como nación,
podremos hacer frente a los grandes desafíos del futuro?
Necesitamos que cada uno de ustedes desarrolle sus talentos,
sus habilidades y su intelecto de modo que puedan ayudarnos
a los mayores a resolver nuestros problemas más complejos.
Si no lo hacen, no sólo se abandonarán a ustedes mismos,
sino que estarán abandonando a su país."
"La posición en la que ahora se encuentren -dijo- no tiene
por qué determinar qué lugar ocuparán en la sociedad. Nadie
ha escrito el destino por ustedes, porque aquí ustedes
escriben su propio destino. Ustedes construyen su propio
futuro." Y apoyó esta afirmación con un emocionado relato de
las dificultades que enfrentó en su propia vida, mencionando
los apoyos con los que contó para concretar su sueño y así
asistir a las mejores escuelas de su país. En fin, instó a
los jóvenes a asumir la responsabilidad por sus propias
vidas, a fijarse objetivos para su educación, a
comprometerse y trabajar en serio para alcanzarlos,
recurriendo a quienes pueden prestarles ayuda.
La preocupación que expresa Obama es la misma que, de otra
manera y en una sociedad diferente, planteaba Argullol: la
imperiosa necesidad de poner de manifiesto el interés por
educarse, de asumir las responsabilidades personales. En los
niños y jóvenes en edad escolar ésta se manifiesta en la
demostración del interés por aprender. Si quienes se acercan
a las instituciones educativas lo hacen carentes de ese
interés, todo lo demás será inútil.
Por eso, la tarea que hoy enfrentamos es titánica, pues
consiste nada menos que en recrear en los jóvenes ese
interés por el trabajo de educarse, en transmitirles la
dimensión de su responsabilidad para con ellos mismos y para
con la sociedad que integran.
Padres y maestros deberían renovar su alianza para emprender
la reconstrucción del interés de sus hijos y sus alumnos por
el conocimiento y así emprender la tarea de hacerse humanos.
Si esto no se logra, si a las escuelas no asisten alumnos
sino clientes o espectadores en busca de entretenimiento,
los planes de estudio, las aulas, las computadoras, los
libros, carecerán de toda significación. Los niños y los
jóvenes dejarán las escuelas habiendo desaprovechado la
oportunidad única que les brinda la educación para descubrir
y desarrollar sus capacidades. Además, la sociedad en la que
vivirán, integrada por ignorantes, jamás llegará a ser la
tan declamada pero aún tan lejana "sociedad del
conocimiento".
Guillermo
Jaim Etcheverry
para LA NACIÓN
|